lunes, 18 de abril de 2016

Fotografias Pueblo Peñalver

Fotos pueblo Peñalver

Vista panorámica 

Vista panorámica 



Monumento al Mielero




Iglesia de Peñalver

La iglesia de Peñalver, huellas santiaguistas en la Alcarria

 
Varias veces he traído a estas páginas la alcarreña villa de Peñalver, por razones de paisaje, de historia, de anécdotas folclóri­cas, e incluso del arte y el selecto pa­trimonio artístico que guarda entre sus límites. No sólo su cas­tillo sede de los caballeros sanjua­nistas hace siglos, o las ruinas (ya imperceptibles) de su iglesia románica de la Zarza, en el centro del lugar, sino el rollo o picota, las ermitas y aun la iglesia parroquial, que es cofre magnífico de otras tantas obras extraordina­rias de los más variados siglos y estilos. Un viaje reciente en una tranquila tarde de este otoño a esta vi­lla amable siempre, me ha servido para admirar nuevos detalles de este rico patrimonio que aún conserva.
Aunque en pleno proceso de restauración el templo parroquial dedicado a Santa Eulalia de Mérida, llenos sus ámbitos de andamios y maquinarias, de un ir y venir de gentes con casco y cintas métricas, puede califi­cársele sin exageración como uno de los mejores edificios renacentistas de la Alcarria. Así es reconocido por visitantes y estudiosos, en comparación fácil con el resto del patrimonio arquitectónico de la comarca. No puedo dejar pasar esta oportunidad de tener, todavía reciente, grabada en las retinas la imagen y la solemne presencia de este templo, para describirlo a mis lectores y animarles a que lo vean. Incluso esta nueva estancia ante la dorada piedra de su portada plateresca me ha servido para elaborar una nueva visión, una interpretación novedosa de su iconografía, verdaderamente sorprendente.
El templo mayor de Peñalver está situado en medio del caserío, y como todo él está instala­do sobre la fuer­te pendiente del cerro que desde el castillo baja al arroyo del Pra. Por esta causa, se hizo preciso, cuando su construc­ción, rellenar lo que había de ser ocupado por el ábside, acumulando tierra y piedras y haciendo un for­tísimo muro de contención con barbacana encima. Así se consigue que templo tan grande pueda caber, en equilibrio perma­nente, sobre tan cuestuda pendiente. Su fábrica es de mampostería de piedra caliza y argamasa, lle­vando sillar de lo mismo en esqui­nas y refuerzos. A los pies del templo se alza una torre rechoncha y de fuerte aspecto.
En el exterior hay dos detalles artísticos que arrebatan la atención: son sus puertas. Una de ellas, la orientada al norte, la que podríamos denominar accesoria, es obra de fines del siglo XVI, y por lo tanto está construida con unos cánones geométricos severos, en el sentido que la reforma trentina y los gustos del reinado de Felipe II imponían. La portada principal está orientada al sur, y ante ella se abre una es­trecha y muy recoleta plazuela. Esta puerta monumental puede ser calificada sin duda alguna como una joya de la arquitectura plateresca en la Alca­rria, y es obra de la primera mitad del si­glo XVI, momento en el que se alza en conjunto todo el templo. Está, pues, pensada y programada con equilibrio, y merece un comentario aparte por varias causas.
Una de ellas es su estructura general: se incluye la portada toda en gran arco, como si una inmensa hornacina la cobijara. Ese gran ar­co lo forma el muro del templo, y dentro aparece, como un tapiz, la portada, toda ella cuajada de de­coración y esculturas muy en la línea o el estilo de lo que por esa época (hacia 1550) hace Alonso de Covarrubias y los de su escuela. Al menos, es lo que recuerda la primera vi­sión de esta portada: a la del tem­plo conventual de la Piedad en Guadalajara, que este artista tra­zara y tallara en el primer tercio del siglo.

Peñalver, una portada santiaguista

Dentro del gran arco, aparece la portada también con arco semicircular, y columnas y pilares recu­biertos densamente de decoración de grutescos. En Peñalver, como en la Piedad de Guadalajara, la por­tada es también poseedora de un arco de ingreso semicircular, escol­tado de pilastras y rematado arriba por dintel, frisos y hornacina. To­do ello está cubierto de numerosas es­culturas y relieves tallados: se ven muchos grutescos (monstruos, sirenas, faunos, cabezas de ángeles, etc.) pero también se ven, -y esto es llamativo- una gran profusión de sím­bolos santiaguistas: bordones, veneras, escarapelas, calabazas, cru­ces de Santiago. Todo ello como si nos quisiera recordar, proclamar incluso, que quien ha hecho aquello es un fervoroso san­tiaguista ¿lo hicieron, quizás, canteros gallegos? Poco probable, pues los canteros no solían diri­gir la decoración de una portada.
El caso es que además del grupo de tallas que en el semicircular tímpano principal aparecen con la Virgen María y dos ángeles arrodillados, se ven bajo el gran arco cobijador los medallones que contienen sendos bustos de San Pedro y Santiago. Además, en el intradós aparecen casi una docena de “vieiras”, usadas por los peregrinos jacobeos como “logotipo” de su aventura. Y cuatro detalles escultóricos que son como para hacer pensar: un bordón de camino, un morral, una cantimplora de calabaza, y un monstruoso animal (un grifo concretamente) tenido en todas las mitologías y bestiarios antiguos como protector de los caminos y de los caminantes. Todo ello nos lleva a hacernos preguntas sin fin: ¿pasaría por Peñalver un camino accesorio del gran “Camino de Santiago”? Quizás lo usaban los peregrinos procedentes del sur de España. Fue el arquitecto, el tallista, o el comitente de este templo, un ferviente santiaguista? Eso es lo más probable.

Despejando dudas: el obispo Juárez de Carvajal

Será la historia del pueblo, una vez más la que acuda a explicar estos misterios que emergen de tan mínimos detalles decorativos: perteneció el pueblo durante varios siglos a la Orden Militar de San Juan, que te­nía su iglesia en el centro del lu­gar (era la ya arruinada iglesia de la Virgen de la Zarza, de estilo ro­mánico rural, muy simple). A mediados del si­glo XVI, concretamente en 1552, Peñalver fue puesto en almoneda por el Emperador Carlos I, maestre proclamado de todas las órdenes militares, y este pueblo alcarreño, junto con el inmediato de Alhóndiga, fue comprado por don Juan Juárez de Carvajal, obispo de Lu­go, en cuya familia (pues tuvo hi­jos, y nietos) permaneció también varios siglos. Quizás sea esta ra­zón, la de que su nuevo dueño, en el comedio del siglo XVI, y nada más tomar posesión del lugar, se pusiera a construir nueva iglesia, la de que por ser obispo de Lugo, gallego de nacimiento, y por tanto ferviente enamorado de Santiago, de su Camino, y de sus símbolos, mandara llenar la portada del tem­plo parroquial de Peñalver con ve­neras, bordones y cantimploras ca­mineras.

El interior del templo de Peñalver

 Pasemos al interior. Una arquitectura espléndida, ahora en proceso de restauración, como digo. Posee tres naves alargadas, de las que la central es la más alta. Las tres se cubren por bóvedas de crucería, con bellos dibujos y combinaciones geométri­cas, que recuerdan inmediatamen­te el estilo de las catedrales góti­cas, pero que se justifica en su época de construcción porque así se hacía todo en esos momentos, sal­vo los muy “snobs” que, como los Mendoza, o el propio Emperador, preferían la influencia del estilo renaciente italiano a lo tradicional hispano. Dichas bóvedas apoyan en pilares poliédricos que separan las naves. Toda la estructura del templo había ido progresivamente deteriorándose, pues la nave de la epístola y el ábside entero, estaban cediendo, al tener por cimientos un simple relleno que, con los siglos, se ha re­sentido. Así, se han llegado a abrir grandes grietas en los muros, resque­brajándose peligrosamente las bóvedas. La iniciativa de la Junta de Comunidades, en el marco del convenio suscrito con el Obispado de Sigüenza-Guadalajara, ha puesto en marcha la restauración que en el momento actual está en plena realización, lo que merece un aplauso.
En el interior, ahora en obras, no puede hoy admirarse su máxima joya artística, el retablo de pinturas y esculturas del que en otras ocasiones he hablado, y que comentaré, -aquí lo prometo- en próxima ocasión, cuando ya restaurado todo, luzca con el brillo de su pureza castellana primitiva.

lunes, 11 de abril de 2016

Ruinas románticas Monasterio Franciscano de La Salceda




Las románticas ruinas del monasterio franciscano de La Salceda se encuentran a caballo entre los términos de Peñalver y Tendilla, en la provincia de Guadalajara, en plena Alcarria. Subiendo la cuesta que por la carretera N-320 de Guadalajara a Cuenca se encuentra el viajero pasado Tendilla, a mano derecha sorprende el gran torreón de la capilla de las Reliquias. Poco más allá, entre unas nogueras, es el lugar para aparcar y visitar estas ruinas andando.


Convento Franciscano de La Salceda en ruinas



Convento Franciscano de La Salceda

Virgen de la Salceda

Virgen de la Salceda



Ruinas del Monasterio de La Salceda,

entre Tendilla y Peñalver


La Historia

En la parte más alta del llamado Valle del Infierno, a caballo entre los términos de Tendilla y Peñalver, se encuentran hoy situadas las ruinas evocadoras del convento franciscano de la Salceda. Para quien viaje en automóvil desde Guadalajara a Sacedón, a poco de cruzar a lo largo de Tendilla, y casi coronando las cuestas que la carretera sube hacia la meseta alcarreña, será una sorpresa encontrarse, a la derecha de su camino, los restos llamativos de esta institución eclesiástica de la que haremos un breve recuerdo.

En aquel lugar, según nos dice la tradición, se apareció la virgen a dos caballeros de la Orden de San Juan, sobre las ramas de un sauce, en ocasión de una tormenta. Y allí pusieron enseguida una pequeña ermita en la que esa talla de la Virgen, muy chiquita de tamaño (dicen que el original es el que se conserva en el altar mayor de la parroquia de Tendilla), con la advocación de Nª Sª de la Salceda, presidió la paulatina construcción de todo un complejo monasterial y eremítico en el que tuvo su asiento el inicio de la reforma franciscana del siglo XIV.

Fue concretamente el fraile Pedro de Villacreces, quien en el año 1366, decidido a dar consistencia a su ya iniciada reforma observante, pidió las correspondientes autorizaciones a la Orden de San Juan, dueña del territorio, al arzobispo toledano, a los superiores de su orden, y al Papa, y con el visto bueno de todos fundó este convento, en principio muy humilde, acompañado de fray Pedro de Regalada y fray Pedro de Santoyo.

El inicio fue en forma de vida eremítica, con pequeñas ermitas dispersas por el monte, que cada fraile personalmente se construía con ramas, piedras y adobes, haciendo en ellas maravillosísimos ejercicios de virtud y penitencia como decía un cronista de la época. Y una porción de vida en común, a la hora de las comidas, los oficios religiosos, etc. Durante los primeros 24 años Villacreces dió vida con su dirección a aquel lugar que enseguida tomó fama por toda Castilla de ser hervidero de santos. A finales del siglo XV, vistió el pardo sayal en la Salceda Gonzalo Ximénez de Cisneros, quien luego sería regente de la monarquía y arzobispo toledano. Un monolito puesto a la orilla de la carretera, aún nos lo recuerda. Y otros muchos santos varones anclaron en aquella altura, dando vigor y fama al cenobio. Así fray Diego de Alcalá, famoso por sus milagros, canonizado luego; el francés fray Julián de San Agustín, portentoso en sus penitencias; fray Juan de Tolosa, que un tiempo fue confesor de la reina Isabel la Católica; y fray Pedro González de Mendoza, el hijo de la princesa de Eboli, que aquí profesó también de fraile menor, y alcanzó luego la gloria y la riqueza como obispo de Sigüenza y arzobispo de Granada, dejando escrito y publicado un gran libro, la Historia de Monte Celia, y erigida a su costa la lujosísima "capilla de las Reliquias" de la que luego hablaremos.

A lo largo de los siglos XVI y XVII este convento cobró fama, allegó caudales y se remozó en sus construcciones hasta alcanzar a tener un edificio complejo, rico y curioso. Nos dicen los cronistas de aquellos siglos que todo en él era motivo de asombro para quienes, peregrinos y devotos, llegaban hasta su altura. El mismo rey Felipe III, -devoto de monjas y de conventos-, acudió en 1604 con su esposa la reina Margarita a orar ante la Virgen de la Salceda, residiendo unos días en el cenobio. Este era por entonces toda una brillante pieza del arte renacentista. El ancho claustro tenía sus corredores cubiertos de azulejería talaverana con escenas de la vida de la Virgen pintadas en vivos colores. Cuadros a decenas se albergaban entre sus muros (sabemos que había un Tiziano) y joyas de la antigüedad, entre las que no era la menor un "Apocalipsis del Beato Amadeo". Esta se guardaba en la fabulosa biblioteca que, en semejanza a la de El Escorial, ocupando todo el ámbito del claustro alto ofrecía largas series de retratos de los maestros franciscanos de Teología, filosofía, Gramática, Retórica, y Humanidades varias, junto con numerosos mapas, esferas y globos terráqueos, amén de varios millares de libros, manuscritos e incunables. Una hospedería muy capaz se encargaba de dar albergue a visitantes y peregrinos, que acudían siempre en gran número.

De todo ello hoy sólo quedan unas tristes y escasas ruinas. Tras las Desamortización de Mendizábal, los frailes se dispersaron, sus pertenencias fueron robadas o malvendidas, y el edificio aprovechado íntegramente por su comprador (Antonio Barbé, de Guadalajara, en 1843) para desguace y venta de materiales. De lo poco que quedó, se bajó a Tendilla la imagen de la Virgen de la Salceda, y las piedras de la portada de la iglesia, que totalmente desfigurada se puso como marco de entrada a un bar de la Calle Mayor. Otros cuadros se trasladaron a la iglesia de Budia y al futuro Museo Provincial quedaron asignados algunos lienzos. Después, el silencio y la evocación sobre sus restos mínimos.


El Edificio

El conjunto de este gran convento se formaba, de un lado, por las quince ermitas que se distribuían por las laderas del Monte Celia, y que llevaban los nombres de los más famosos frailes que las habitaron. El espacio en que se repartían estaba densamente poblado de sauces, encinas "y grandes asperezas". Los nombres de estas ermitas eran los de San Diego, donde dice la tradición que hacía penitencia San Diego de Alcalá, y a la cual el Papa Paulo III otorgó el privilegio de cuarentenas de perdón para quienes la visitaran determinados días del año; de Santa Ana, de La Concepción, en la que vivió fray Pedro de Gamarra; de la Magdalena, en la que también dice la tradición que se albergó en sus inicios el padre Villacreces; del Santísimo Nombre de Jesús; de San Juan Bautista, en la que el Cardenal Cisneros cuando ejerció de franciscano penitente pasó largas temporadas de meditación; del Triunfo de San Francisco; del Portal de Belén, muy cerca de lo que luego sería capilla de las Reliquias; de la Resurrección; de San Antonio; de Cristo con la Cruz a Cuestas; de las Lágrimas de San Pedro, enla que estuvo el gran protector don Pedro González de Mendoza; y del Calvario; del Descendimiento y del Sepulcro. 

El monasterio propiamente dicho estaba formado por la iglesia, que desde un punto de vista arquitectónico podía incluirse dentro del estilo manierista ó clasicismo escurialense propio de los años finales del siglo XVI. Su diseñador y director pudiera haber sido uno de los arquitectos escuarialenses, Juan García de Alvarado, residente en esa época en Tendilla, ó Juan de la Pedrosa, maestro de obras de las que el arzobispo González de Mendoza realizó en los ámbitos que de él dependían. El autor de la mejor historia de este monasterio, fray Pedro González de Mendoza, nos dejó esta descripción de su portada: rematando en punta, una bola de piedra que de ella penden y bajan dos cartelas hasta el friso y bajo ellas embebida a cada lado una campana donde las cartelas rematan con bolas y fajas de piedra y en lo alto de ellas y en el espacio que dejan se forma un reloj circular y entre las campanas y la ventana que da luz al coro con jambas y dinteles en conformidad con lo demás. Una típica portada, como se entiende, de corte manierista.

El altar mayor era verdaderamente grandioso y llamativo. Se accedía a él a través de tres gradas y un arco triunfal, cuyo centro estaba ocupado por un sauce esculpido cuyas ramas alojaban muchos ángeles. En lo alto, aparecía un lienzo con la figura de la Asunción y la custodia de la Virgen con las joyas -donadas por las señoras de la casa de Pastrana- constituyendo el principal punto de referencia del edificio. Lo describía así un cronista de la época: el sauce aparta sus ramas para que no estorbe la vista de la Santísima Virgen que está en custodia de oro y plata que se ve desde todas partes, porque la pared que la puede impedir en la parte trasera, es toda de vidrieras con cuya transparencia se goza todo. 

Otro de los grandes edificios de este convento de la Salceda, del que hoy quedan las más expresivas ruinas, era la Capilla de las Reliquias, situada al mediodía de la iglesia y mandada construir por Fray Pedro González de Mendoza para colocar en ella todas las reliquias que consiguió atesorar. Las paredes de este edificio estaban revestidas de azulejos en su parte inferior, alzándose luego hasta la cornisa una serie numerosa de nichos donde se albergaban las reliquias. Un altar de compleja factura manierista completaba el conjunto, cubierto de amplia cúpula hemiesférica de subidos adornos dorados.

De todo aquel conjunto solo quedan hoy algunos desmochados paredones, restos de las murallas del espacio conventual, y alzada a gran altura la capilla de las Reliquias, auténtica joya de la arquitectura renacentista clasicista de la primera mitad del siglo XVII. Merece, verdaderamente, aunque solo sea con intenciones evocadoras, darse una vuelta por entre las ruinas del convento franciscano de la Salceda.

Consejos para la visita
Las escasas ruinas que hoy sobreviven de este cenobio, se encuentran aisladas de toda población en lo alto de las cuestas que rodean a Tendilla por oriente. Son visibles y accesibles fácilmente desde la carretera N-320 de Guadalajara a Cuenca, a la altura de su Km. 28. Lo que más sobresale de ellas, es el esqueleto de la circular "capilla de las reliquias", que en la distancia semeja antiguo castillete ruinoso. En las proximidades, y junto a la carretera, se ve un monolito que recuerda el paso de fray Francisco Ximénez de Cisneros por este monasterio.